Ampliar la protección social
Por Fernando Groisman y María Eugenia Sconfienza *
Aquellos individuos que desean trabajar, pero han abandonado la búsqueda activa de un empleo, integran el segmento de los “trabajadores desalentados”. La decisión de estas personas de retirarse de la actividad económica obedece a que su percepción es que no existen puestos de trabajo adecuados para ellos en el mercado. Las razones del desaliento laboral son numerosas y variadas. Entre éstas pueden incluirse el género, la carencia de calificaciones o de experiencia y también distintas enfermedades o discapacidades (que no inhabilitan el desempeñarse en algún empleo). También lo es, y muy especialmente, la edad. Es frecuente, por ejemplo, que los empleadores otorguen prioridad para la cobertura de las vacantes laborales a adultos en edades centrales –entre 30 y 44 años–, afectando negativamente las posibilidades de empleo de quienes no se encuentran comprendidos en ese rango etario.
En nuestro país, la incidencia de este grupo es minoritaria, pero al mismo tiempo persistente. En efecto, según los datos proporcionados por la Encuesta Permanente de Hogares, la evolución de la tasa de inactividad (es decir de aquellos que no trabajan ni buscan hacerlo) entre 2004 y 2012 se mostró muy baja entre las personas de entre 30 y 44 años –en torno al 17/20 por ciento–, pero aumenta progresivamente entre los 45 y los 59 años. Tal comportamiento parece indicar que quienes han llegado a los 45 años y no disponen de un empleo estable, están expuestos a un riesgo mayor de exclusión laboral.
Esta tendencia no deja de ser algo sorprendente en la medida en que durante la última década la economía argentina creció en forma ostensible, como también lo hicieron el empleo y las remuneraciones. En la experiencia internacional ha sido frecuente constatar que el desempleo abierto así como el volumen de trabajadores desalentados varíen en forma contracíclica (es decir que disminuyen con el aumento del Producto Interno Bruto).
La evidencia del caso argentino constituye un primer indicio acerca de cierta peculiaridad de este grupo que lo emparentaría con situaciones de déficit social algo más permanentes. Ello refuerza la visión de que los trabajadores desalentados constituyen un grupo que debe ser tenido en cuenta en el diseño de políticas de protección social. Téngase en cuenta que tres de cada cuatro varones inactivos entre 45 y 59 años de edad no finalizaron el nivel medio de educación, cerca del 70 por ciento se encuentra ubicado en el 40 por ciento más pobre de la distribución del ingreso, algo más del 60 por ciento es jefe de hogar y más de la mitad carece de cobertura médica paga. En reiteradas oportunidades se ha mencionado que la variable determinante para la inserción ocupacional de los individuos es la educación. No obstante, el núcleo del problema no pareciera ser la “empleabilidad” de estos trabajadores por presentar insuficientes credenciales o aptitudes para la incorporación al mundo del trabajo.
El reconocimiento de este grupo social ameritaría avanzar en la discusión acerca de diferentes alternativas de universalización de la protección social con prescindencia de los vínculos que los individuos logran entablar con el mercado laboral. En nuestro país la ocasión para progresar en ese debate parece oportuna, puesto que se ha consolidado un amplio esquema de protección social. El Plan de Inclusión Previsional y la Asignación Universal por Hijo son ejemplos de ello. En el ínterin sería propicio diseñar políticas específicas destinadas a mejorar la situación laboral de este segmento.
Toda alternativa en esta dirección debería atacar las múltiples formas de discriminación que ocurren en las búsquedas laborales, eliminando los prejuicios y las prácticas excluyentes, particularmente con relación a la edad. Parecen viables, además, políticas activas de alianza entre el sector público y privado que fomenten el compromiso de inserción/reinserción laboral, fortaleciendo las acciones de responsabilidad social empresaria en su sentido más amplio. Asimismo, la economía social constituye una modalidad de intercambio laboral en crecimiento durante los últimos años que puede contribuir al logro de este objetivo.
No obstante, no debe soslayarse que el nivel de autonomía del mercado de trabajo es muy bajo respecto del funcionamiento económico y social. Por lo tanto, el éxito de todo programa o política destinado a mejorar la eficiencia de la intermediación laboral, o que intervenga en cualquier otro aspecto de la inserción al mundo del trabajo, estará sujeto a una satisfactoria dinámica de la demanda laboral que surgirá de altas y estables tasas de crecimiento económico.
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-222423-2013-06-17.html